Vivir más no siempre significa vivir mejor. En medio del entusiasmo por la ciencia de la longevidad, hay una corriente silenciosa —y cada vez más lúcida— que se pregunta si realmente deseamos alargar indefinidamente la vida. El escepticismo no nace del rechazo a la salud o al progreso, sino de la intuición de que el valor del tiempo vivido no puede medirse solo en cantidad.