Las molestias cotidianas que nos privan de un completo estado de bienestar no pueden ser los síntomas de la enfermedad, salvo que estemos dispuestos a pagar el precio de consagrarnos todos a este disparate que, por desgracia, no pasa de moda y que parece salido de una lectura indigesta de El mundo como voluntad y representación de Arthur Schopenhauer.