Uno de los consejos erróneos más extendidos en el mundo de la nutrición y alimentación es el de que, en general, se recomienda beber dos litros de agua al día. La ciencia es clara, tenemos que reponer nuestras pérdidas diarias de agua, cuantificadas entre 1,5 y 3 litros, pero eso no quiere decir que tengamos que beber esa cantidad de agua. La mayor parte del agua la reponemos a través de los alimentos que ingerimos y, el resto, se debe completar haciendo caso a un mecanismo milenario y casi casi infalible: nuestra sed. A pesar de las alarmantes advertencias de que podemos acabar deshidratados por no beber, lo cierto es que el riesgo de que una persona sana en nuestro entorno, acabe deshidratada es francamente improbable, por no decir imposible.